Por Watchman Nee

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La Liberación del espíritu

 

ESTUDIO BIBLICO COMPLETO DE:

LA LIBERACIÓN DEL ESPÍRITU

POR WATCHMAN NEE

CAPITULO 7

  1. La importancia del quebrantamiento
  2. Antes y después del quebrantamiento
  3. Nuestras ocupaciones
  4. Cómo conocer al hombre
  5. La iglesia y la obra de Dios
  6. El quebrantamiento y la disciplina
  7. La separación que efectúa la revelación
  8. La impresión que deja el Espíritu
  9. El resultado del quebrantamiento

LA SEPARACION QUE EFECTUA
LA REVELACION

Dios desea no sólo quebrantar y deshacer al hombre exterior, sino también separarlo del hombre interior con el propósito de que no interfiera ni obstaculice la función del hombre interior, y para que no se enrede con éste. Dios intenta lograr que nuestro espíritu (el hombre interior) y nuestra alma (el hombre exterior) permanezcan separados.

LA MEZCLA DEL ESPIRITU Y EL ALMA

Entre los hijos de Dios existe el problema de que el espíritu y el alma están mezclados. Es difícil encontrar a un creyente cuyo espíritu sea completamente puro, pues en la mayoría hay impureza. Esta mezcla es lo que les impide servir en la obra del Señor, pues el principal requisito para que Dios los use es tener un espíritu puro, no el mucho poder. Muchos buscan poder, pero descuidan la pureza de espíritu. Aunque consiguen el poder para edificar, carecen de pureza. Como resultado, destruyen su propia obra; pues lo que edifican con su poder lo destruyen con su impureza. Aunque demuestran tener poder de Dios, con todo, su espíritu está contaminado.
Dichos hermanos tienen el concepto de que por haber recibido poder de Dios, todas sus habilidades naturales serán elevadas y utilizadas por Dios en Su servicio. Esto jamás sucederá, pues todo lo que pertenece al hombre exterior pertenece a la esfera natural y no cuenta con la pureza necesaria para el servicio del Señor. El conocimiento de Dios nos llevará a estimar más la pureza que el poder. Debemos apreciar más la pureza espiritual que el poder espiritual, pues aquélla no está contaminada por el hombre exterior. Quien no ha pasado por la experiencia del quebrantamiento, no debe esperar que el poder que surja de él sea puro. Aunque gracias a su poder espiritual parezca obtener buenos resultados en su obra, no por eso su yo se mantiene separado de su espíritu. Esto puede ser un engaño muy sutil que para Dios es pecado.
Muchos hermanos jóvenes saben que el evangelio es poder de Dios, pero cuando predican, añaden a su mensaje su habilidad natural, su ingenio, sus bromas y sus opiniones. Aunque los oyentes puedan ver en ellos el poder de Dios, también detectan su yo. Tal vez ellos mismos no lo noten, pero los más puros y experimentados percibirán de inmediato en sus palabras el sabor de la mezcla. En muchas ocasiones, demuestran celo de Dios, pero dicho celo va mezclado con sus gustos naturales. Externamente parece que hacen la voluntad de Dios, pero en realidad, ésta coincide con su propia voluntad. En algunos casos, la voluntad y el celo de Dios se mezclan y se confunden con las preferencias y los sentimientos del hombre. Muchos confunden la solidez espiritual con una personalidad fuerte.

Nuestro mayor problema es la mezcla o impureza. Por lo tanto, Dios tiene que quebrantar nuestro hombre exterior para disociar dicha mezcla. Dios nos quebranta poco a poco hasta debilitar nuestro hombre exterior. Una vez que nuestro hombre exterior es azotado, una, diez, veinte o las veces que sean necesarias, la dura corteza que lo rodea se romperá y será eliminada. ¿Pero qué debemos hacer cuando el hombre exterior se mezcla con el espíritu? Esto requiere otro tipo de tratamiento: la depuración. Este proceso se efectúa no sólo por medio de la disciplina del Espíritu, sino también por medio de la revelación del Espíritu. La forma de ser purificados de esta mezcla es muy diferente al quebrantamiento del hombre exterior. Esta depuración se efectúa por medio de la renovación. Por lo tanto, encontramos que Dios opera de dos maneras. Por un lado, El quebranta al hombre exterior, y por otro, lo separa del espíritu. Lo primero se realiza por medio de la disciplina del Espíritu Santo, y lo segundo, mediante la revEL QUEBRANTAMIENTO Y LA SEPARACION

El quebrantamiento y la separación son dos experiencias diferentes, aunque existe una estrecha relación entre ambas, y es imposible disociarlas por completo. El hombre exterior debe ser quebrantado para que el espíritu pueda liberarse; pero cuando éste se libera, no debe salir mezclado con los sentimientos ni con ninguna característica del hombre exterior. Tampoco debe contener elementos provenientes del hombre natural. Lo importante no es sólo la liberación del espíritu, sino la pureza y la calidad del espíritu que brota. Muchas veces, cuando un hermano comparte, percibimos, por un lado, la presencia de Dios en su espíritu, y por otro, su yo. Tocamos su característica más notoria. Su espíritu no brota completamente puro. Tal vez pueda motivarnos a alabar, pero al mismo tiempo puede producir en nosotros incomodidad. Lo crítico aquí no es liberar el espíritu, sino que éste brote puro.
Si alguien no ha sido iluminado por Dios con respecto a lo que es su hombre exterior, ni ha sido juzgado por El de una manera profunda, siempre que libere su espíritu, espontáneamente saldrá teñido de su hombre exterior. Cuando personas así hablen, percibiremos su hombre natural. Tal vez liberen su espíritu, pero esta liberación tendrá el matiz de su yo, debido a que éste no ha pasado por el juicio de Dios. Siempre que tienen contacto con otros, les proyectan sus características personales. Si nuestro hombre exterior no ha sido juzgado, lo que expresemos ante otros será el elemento natural característico del hombre exterior. Es imposible ocultar dicho elemento. No debemos esperar ser espirituales cuando hablamos en público, si no lo somos en casa. Esto es imposible. Otros pierden su espiritualidad tan pronto olvidan cómo deben actuar, pues basan su espiritualidad en su memoria. También es imposible llegar a ser espirituales por esta vía. No deberían decir: “Debo tener cuidado con lo que digo hoy, ya que tengo que compartir un mensaje bíblico”. La memoria no podrá salvarlos, pues tan pronto abran su boca quedará al descubierto la clase de persona que son. Por más que traten de aparentar o de disfrazar su yo, su espíritu los pondrá en evidencia tan pronto empiecen a hablar. Un principio infalible es que la clase de espíritu o de mezcla que una persona tenga será evidente en sus palabras, pues en los asuntos espirituales es imposible fingir.
Si uno desea recibir liberación total de parte Dios, los aspectos naturales más fuertes de uno deben ser quebrantados profundamente, pues un quebrantamiento parcial no bastará. Sólo entonces se podrá trasmitir a otros un espíritu liberado sin ninguna impureza. Pero si Dios no ha eliminado totalmente esos aspectos naturales, será fácil aparentar espiritualidad cuando nos lo propongamos, y siempre que olvidemos “actuar”, nuestro yo quedará al descubierto. De hecho, en ambos casos, sea que lo recordemos o que lo olvidemos, el espíritu que expresemos será el mismo y trasmitirá exactamente lo mismo.
La impureza espiritual es el mayor problema que afrontan los siervos del Señor. Muchas veces cuando nos relacionamos con los hermanos, percibimos a Dios en ellos, pero también percibimos su yo. Vemos en ellos la vida y al mismo tiempo la muerte. Podemos percibir en ellos un espíritu de mansedumbre y también su obstinación. Vemos al Espíritu Santo, pero también encontramos la expresión de su carne. Cuando ellos hablan, los demás perciben un espíritu contaminado. De manera que si Dios desea que le sirvamos en el ministerio de la palabra, esto es, si tenemos que profetizar o hablar Su Palabra, debemos pedir desesperadamente Su gracia, diciéndole: “Dios, obra en mí, quebranta y aniquila mi hombre exterior y sepáralo de una vez por todas de mi hombre interior”. Si esta liberación no se ha llevado a cabo en nosotros, cada vez que hablemos, expresaremos sin darnos cuenta nuestro hombre natural y no podremos ocultarlo. Tan pronto como las palabras surjan, nuestro espíritu, afectado por el hombre natural, brotará y delatará la clase de persona que somos, sin que podamos disimularlo. Si deseamos ser usados por Dios, debemos liberar un espíritu libre de mezclas. Esto sólo es posible si nuestro hombre exterior ha sido eliminado; de no ser así, siempre que participemos en el ministerio de la palabra, trasmitiremos nuestras propias ideas y pondremos en vergüenza el nombre de nuestro Señor, no por causa de nuestra falta de vida, sino debido a nuestra impureza; y tanto el nombre del Señor como la iglesia sufrirán daño.
Ya hablamos detalladamente de la disciplina del Espíritu Santo. Veamos ahora la revelación del Espíritu Santo. Es posible que la disciplina del Espíritu Santo nos llegue antes de la revelación, o puede ser que el orden se invierta. Podemos distinguir su secuencia, pero eso no importa mucho, ya que cuando el Espíritu opera, no en todos los casos lo hace en el mismo orden. Según nuestra experiencia, no encontramos un orden establecido para estos eventos. Algunos perciben primero la disciplina, y otros, la revelación. La experiencia de cada creyente es diferente. En algunos la disciplina puede venir primero, luego la revelación y después más disciplina, pero esto no es una regla. La secuencia puede variar en cada caso. Pero lo que sí es seguro para todos los hijos de Dios es que la disciplina del Espíritu Santo siempre será más abundante que la revelación. Decimos esto basándonos en la experiencia, no en la doctrina, pues hemos observado que en la mayoría de los creyentes, se da más disciplina que revelación. En resumen, Dios logrará invariablemente que el hombre exterior sea quebrantado, anulado y completamente separado del hombre interior, pues sólo de este modo nuestro espíritu será liberado y depurado.

LA SEPARACION EFECTUADA POR LA PALABRA

En Hebreos 4:12-13 dice: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en Su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y expuestas a los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta”. En el versículo 12, el vocablo palabra fue tomado del término griego logos, y en el versículo 13, la expresión dar cuenta, corresponde al mismo término griego. Esta última lleva la connotación de juicio. Por lo tanto, la última parte del versículo 13 podría traducirse “todas las cosas están desnudas y expuestas a los ojos de Aquel que nos juzga”, o “todas las cosas están desnudas y expuestas a los ojos del Señor, quien es nuestro Juez”.
Lo primero que debemos ver es que la Biblia dice que la palabra de Dios es viva. Si en verdad tocamos la palabra de Dios, ésta nos transmitirá vida. Y si no recibimos vida, simplemente no hemos tocado la palabra de Dios. Algunos han leído toda la Biblia, pero no han tocado la palabra de Dios. Sólo podemos afirmar que hemos tocado la palabra de Dios en la medida en que toquemos la vida.
En Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no perezca, mas tenga vida eterna”. Cuando alguien escucha esta palabra y se arrodilla diciendo: “Señor, te doy gracias y te alabo porque me amas y me has salvado”, tal persona verdaderamente ha tocado la palabra de Dios, pues ésta le ha trasmitido vida. Puede ser que alguien que esté a su lado escuche lo mismo, pero para él no sea más que palabras y no entre en contacto con la palabra viva de Dios. En su interior no se produce ninguna reacción de vida hacia la palabra viviente. Esto significa que todo aquel que oye la palabra y no recibe vida, realmente no la ha escuchado, pues la palabra de Dios siempre imparte vida.
La palabra de Dios no sólo es viva, sino también eficaz. Es viva en su naturaleza, y eficaz en realizar en el hombre la voluntad de Dios. La palabra de Dios nunca vuelve a El vacía; siempre lleva fruto y produce resultados. La palabra de Dios no viene a nosotros vacía, sino que es eficaz y produce vida en el hombre.
La palabra de Dios es viva y eficaz. ¿Qué hace esta palabra en el hombre? Penetra y divide. La palabra de Dios es más cortante que cualquier espada de dos filos y penetra, dividiendo el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos. He aquí un contraste. Por un lado, tenemos la espada de dos filos en oposición a las coyunturas y los tuétanos; por otro, la palabra de Dios está en oposición al alma y el espíritu. Las coyunturas y los tuétanos son partes profundas del hombre. Para dividir las coyunturas se separan dos huesos que se tocan, pero para dividir los tuétanos, el hueso se tiene que cortar muy adentro. Una espada de dos filos puede dividir un hueso por dentro y por fuera. Pero hay dos elementos que son más difícil de dividir que las coyunturas y los tuétanos: el alma y el espíritu. Una espada aguda de dos filos puede dividir las coyunturas y los tuétanos, pero no el alma y el espíritu. Tal división no puede mostrarnos qué es el alma y qué es el espíritu, ni qué proviene de una o de otro. Pero la Biblia dice que hay algo más cortante que toda espada de dos filos, que sí divide el alma y el espíritu, a saber: la palabra de Dios. La palabra de Dios es viva y eficaz, y puede penetrar y dividir; pero no penetra en las coyunturas ni separa el tuétano, sino que penetra y divide el alma y el espíritu. Esta palabra es capaz de separar nuestra alma de nuestro espíritu.
Puede ser que alguien diga: “Dudo que la palabra de Dios sea eficaz. La he oído por años, y reconozco haber recibido revelación por medio de ella. Pero en mí no ha sucedido nada especial. He oído que esta palabra corta y divide el espíritu y el alma, pero no entiendo estos conceptos ni he tenido tal experiencia”. La Biblia tiene la respuesta a esta preocupación. En la primera parte del versículo 12 dice: “Y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos”. ¿Qué significa esto? La segunda parte del versículo nos da la respuesta cuando agrega: “Y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Los pensamientos se refieren a lo que pensamos en nuestro intelecto, y las intenciones, a nuestros motivos y propósitos. La palabra de Dios discierne lo que pensamos en nuestro interior y aun nuestros motivos más íntimos.
Muchas veces admitimos que cierta acción surgió de nuestro hombre exterior, del alma o de la carne; estamos conscientes de que fue un hecho natural o carnal, o reconocemos que el autor de la acción fue nuestro yo. Pero decir esto con tanta tranquilidad revela que no vemos la seriedad de este asunto, pues lo decimos en tono de broma, pese a que es un asunto muy delicado. El día que Dios por Su misericordia nos ilumine y nos muestre la seriedad de esto, nos sorprenderemos y nos estremeceremos con tal revelación, pues parecerá decirnos: “Mira lo horrible que son la carne y el yo. Este es el yo del que has hablado por años. Es algo abominable e insoportable a Mis ojos, y tú has bromeado por años al respecto con demasiada ligereza”. Cuando no tenemos la revelación de lo que es la carne, bromeamos acerca de ella, pero cuando recibimos la luz, caemos humillados ante Dios y reconocemos la realidad de la carne acerca de la cual bromeábamos. Entonces se efectúa la división o separación del alma y el espíritu. Esta no es producida por un entendimiento mental, sino por la iluminación que nos trae la palabra de Dios, que nos revela que la fuente de nuestros pensamientos y acciones es la carne, y que el origen de nuestros motivos impuros y egoístas es el yo.
Usemos un ejemplo que explica esto claramente. Supongamos que hay dos pecadores. Uno de ellos es un pecador que tiene conocimiento, ha oído predicaciones y enseñanzas acerca del pecado. Reconoce que es pecador en virtud de sus hechos y de lo que ha oído; inclusive lo confiesa. Sin embargo, sigue impasible y despreocupado. Pero el otro hombre, al escuchar estas mismas cosas, recibe la iluminación de Dios y cae sobre su rostro diciendo: “¡Dios mío, ahora veo que soy pecador!” Este no sólo escuchó la palabra de Dios, sino que vio su condición, se condenó a sí mismo por sus pecados y cayó arrepentido a los pies del Señor confesándolos. Por lo tanto, recibió de Dios la salvación. En cambio el primero, que bromeaba acerca de sus pecados, ni vio ni fue salvo.
Hemos visto claramente que el hombre exterior constituye un serio problema y, por ende, debe ser quebrantado. No sería apropiado examinar este asunto ligeramente, como si se tratara de una conversación sin importancia. Pero si Dios nos concede Su misericordia y Su luz para que veamos la realidad de esto, diremos: “Señor, ahora puedo ver lo que es el yo, y me doy cuenta de lo negativo que es mi hombre exterior”. Cuando la luz de Dios nos ilumine y recibamos la revelación, caeremos postrados ante el Señor y no levantaremos el rostro, pues nos daremos cuenta de la clase de persona que somos. Decimos amar al Señor sobre todas las cosas, pero al ser iluminados por Su intensa luz, descubrimos que eso no es cierto y que sólo nos amamos a nosotros mismos. Cuando la luz de Dios llega a nosotros, separa las partes de nuestro ser. Ni nuestra mente ni las doctrinas pueden lograr esto; únicamente Su luz. En muchas ocasiones hacemos alarde de nuestro celo por el Señor, pero cuando la luz de Dios brilla sobre nosotros, nos damos cuenta de que este celo no es más que una actividad de la carne. Creemos tener un gran amor por los pecadores, pues predicamos el evangelio con entusiasmo, pero la luz de Dios muestra que nuestra predicación es sólo producto de nuestra propia inquietud, locuacidad e inclinación natural. Cuanto más intensa es la luz de Dios, más expone los pensamientos y las intenciones del corazón. Nosotros asegurábamos que nuestros pensamientos e intenciones estaban centrados en el Señor, pero esta luz muestra que en realidad provenían de nosotros mismos. La luz nos pone en evidencia a tal grado que no podemos hacer otra cosa que caer postrados a los pies del Señor. Con cuánta frecuencia la luz muestra que lo que decíamos que era del Señor, surgía de nuestro esfuerzo natural, y sólo una pequeña parte era producto de Su obra. Suponíamos con orgullo que muchos de los mensajes que predicamos los recibimos directamente de Dios, pero Su luz de nuevo nos muestra que sólo unas cuantas palabras venían de El, o tal vez ninguna. Aunque llegamos a creer que nuestras obras son acciones realizadas en obediencia a Dios, cuando la luz del cielo desciende sobre nosotros, vemos que todo lo que hemos realizado son meras actividades de nuestra carne. Este descubrimiento de la verdadera naturaleza de nuestras acciones y motivos, nos confronta con la realidad y nos ilumina para que podamos distinguir lo que es de nuestro yo y nuestra alma, y lo que en verdad es del Señor y del espíritu. Tan pronto brilla la luz, se establece una separación entre el alma y el espíritu, y se disciernen los pensamientos y las intenciones del corazón.
Tal vez anteriormente nos esforzábamos por discernir y clasificar según las doctrinas lo que era del Señor o de la carne o del Espíritu Santo o de la gracia o del hombre exterior o del hombre interior. Habíamos creado una lista enorme y posiblemente hasta la intentamos memorizar, pero aun así, permanecíamos en tinieblas. Seguíamos actuando de la misma manera, sin poder deshacernos del hombre exterior, ni librarnos de todo lo negativo y lo natural de nuestras vidas. Aunque podíamos detectar lo que era de la carne y condenarlo, eso no nos salvaba. La liberación no llega de esta forma, sino únicamente por la luz de Dios. Tan pronto como la luz de Dios brilla sobre nosotros, comprendemos que aun nuestra crítica y rechazo de lo carnal es un acto de nuestra carne. Cuando el Señor nos dé Su luz y discernamos los pensamientos e intenciones de nuestro corazón, veremos nuestra verdadera condición y nos inclinaremos ante El, diciendo: “Señor, ahora veo que todo esto pertenece al hombre exterior”. Hermanos, sólo esta luz separará nuestro hombre exterior de nuestro hombre interior. Tal separación no se produce al negarnos a nosotros mismos, ni al tomar una decisión firme. Estas actitudes no son confiables. Aun nuestra confesión, por más lágrimas que la acompañen y por más que pidamos que la sangre de Cristo nos lave, puede ser impura. La luz del Señor nos hace ver la realidad tal como Dios la ve, y nos guía a no confiar en nuestros pensamientos.
Dios afirma que Su palabra es viva y eficaz y que no hay nada que sea más cortante. Cuando esta palabra viene a nosotros, divide y separa el alma del espíritu, de la misma forma que una espada de dos filos divide las coyunturas y los tuétanos. Esta división se produce cuando se ponen de manifiesto los pensamientos y las intenciones del corazón. Muy pocos conocen realmente su propio corazón, pues únicamente aquellos que se encuentran bajo la luz divina pueden conocerlo. El requisito ineludible para conocer nuestro corazón es estar bajo el brillo de la luz de Dios. Cuando la palabra de Dios viene a nosotros, comprendemos que hemos vivido para nosotros mismos y para nuestra propia satisfacción, gloria, realización, posición y edificación. Siempre que la luz de Dios manifiesta nuestro yo, somos humillados de tal forma que caemos postrados ante el Señor

¿QUE ES RECIBIR REVELACION?

En Hebreos 4:13 se añade: “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en Su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y expuestas a los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta”. Aquí el Señor nos muestra la norma según la cual El nos ilumina y discierne los pensamientos e intenciones de nuestro corazón. ¿Qué constituye una revelación del Espíritu Santo? ¿Hasta qué grado nuestros ojos tienen que ser abiertos para poder decir que recibimos una revelación? La respuesta está en el versículo 13. En una sola oración, diría que la norma de la luz es la norma de Dios. Por lo tanto, tener revelación equivale a ver de acuerdo con la norma de Dios. Ante El todas las cosas están desnudas y abiertas, pues nada absolutamente puede ocultarse de Sus ojos. Esconder algo sólo significa ocultarlo de nuestra vista, pero los ojos del Señor todo lo ven. Podemos decir que la revelación consiste en que Dios abra nuestros ojos, para que veamos las intenciones y pensamientos más profundos de nuestro ser de la misma manera que El los ve. Después de recibir revelación, de igual modo que estamos desnudos delante de Dios, lo estaremos ante nuestros propios ojos. En síntesis, la revelación consiste en ver lo que el Señor ve.
Si Dios tiene misericordia de nosotros y nos concede una pequeña medida de revelación para que nos veamos tal como El nos ve, nos postraremos de inmediato sobre nuestros rostros. No tendríamos que tratar de humillarnos, pues espontáneamente nos postraríamos ante El. Ninguna persona que se encuentre bajo la luz de Dios puede ser orgullosa aunque se lo proponga. Pero los que permanecen en tinieblas, mantienen su orgullo y arrogancia. Todo aquel que está en la luz y ha recibido revelación de Dios se humilla y cae sobre su rostro.
¿Cómo podemos diferenciar lo que es del espíritu y lo que es del alma? ¿Qué proviene del hombre interior y qué del hombre natural? Es difícil ver esto por medio de las doctrinas. Pero si recibimos revelación, será fácil descubrirlo, pues tan pronto como Dios expone nuestros pensamientos y desnuda las intenciones de nuestro corazón, nuestra alma queda separada de nuestro espíritu.
Si deseamos ser útiles para Dios, tarde o temprano tenemos que permitir que Su luz nos ilumine y nos juzgue. Cuando esto suceda podremos alzar nuestros ojos y decir al Señor: “Dios, soy una persona en la que no se puede confiar. No soy digno de confianza ni aun cuando me estoy reprendiendo a mí mismo ni cuando confieso mis pecados, pues ni siquiera sé qué confesar. Sólo bajo Tu luz puedo saber”. Antes de recibir luz, tal vez podíamos reconocer que éramos pecadores, pero no teníamos la convicción de serlo. Decíamos aborrecer nuestro hombre natural, pero eran sólo palabras; declarábamos negar nuestro yo, pero aquello no era real en nosotros. Este sentir sólo se produce por el brillo de la luz divina. Cuando esta luz brilla, nuestro verdadero yo queda expuesto, entonces descubrimos que durante toda nuestra vida, sólo nos hemos estado amando a nosotros mismos, no al Señor, y que hemos estado engañándonos a nosotros mismos y al Señor. La luz declara nuestra condición y la clase de conducta que hemos observado durante toda nuestra vida. De ese día en adelante, podemos diferenciar entre nuestra alma y nuestro espíritu, y también lo que procede de nuestro yo. Para que un hombre se conozca a sí mismo, primero debe ser juzgado por la luz. Si no pasa esta experiencia, será inútil que trate de aparentar ser espiritual, pues no lo será. Sólo mientras Dios brilla intensamente en nuestras vidas, podemos distinguir nuestro hombre interior de nuestra alma, pues el juicio que conlleva esta luz nos capacita para ello. Cuando podamos diferenciar entre el hombre interior y el hombre exterior, habrá una separación entre nuestro espíritu y nuestra alma. En ocasiones, el Señor nos suministra de improviso una descarga de Su intensa luz. Esto puede suceder mientras escuchamos un mensaje o mientras estamos en oración, al tener comunión con otros o simplemente al ir caminando. La luz nos ilumina y nos revela lo que somos. Bajo dicha luz también se nos revela cuán poco de todo lo que hemos realizado durante nuestra vida es realmente obra de Dios, pues todo ha brotado de nuestro yo. Todo lo que hemos hecho —nuestro servicio, nuestro celo, nuestra ayuda a los hermanos y nuestra predicación del evangelio— ha sido producto de nuestro yo. Cuando la luz de Dios brilla sobre nosotros, nos damos cuenta de cuán constante ha sido nuestra presencia en todas las cosas y todo lo que esto implica.
El yo anteriormente permanecía oculto, pero ahora es manifiesto. Anteriormente no estábamos conscientes del yo, pero ahora sentimos intensamente su presencia. Todo se esclarece y entendemos que el yo estaba presente en numerosas actividades. Además, descubrimos que muchas de las actividades que creímos realizar en el nombre del Señor, eran obra de nuestro yo. Una vez que veamos esto, condenaremos espontáneamente a nuestro hombre exterior. De ahí en adelante, siempre rechazaremos y condenaremos todo lo negativo que trate de surgir en nosotros. No dejaremos de nuevo brotar nuestras palabras ni las intenciones que la luz de Dios ha juzgado. Después de recibir esta luz, tenemos la capacidad de diferenciar entre el alma y el espíritu. Antes de recibir la luz, solamente teníamos doctrinas y hablábamos de nuestros pecados ligeramente. Si no hay luz, los esfuerzos por juzgar a nuestro hombre natural resultan vanos. El único tipo de juicio eficaz es el que se realiza bajo la luz de Dios. Cuando vivimos de esta forma delante del Señor, nuestro espíritu se libera y nosotros nos volvemos puros; de esta manera el Señor puede usarnos sin ningún impedimento.
La separación del alma y el espíritu es producida por la revelación. ¿Pero qué es la revelación? Que el Señor en Su misericordia nos muestre que la revelación es ver lo que Dios ve. ¿Qué es lo que Dios ve específicamente? El puede ver lo que escapa a nuestra vista, pues nosotros estamos ciegos a todo lo que brota de nosotros, pues creemos que es de Dios, mas en realidad no lo es. Lo que declaramos bueno, correcto y espiritual, la luz nos demuestra que es todo lo contrario, que proviene de nosotros mismos y no de Dios. Al ver la realidad de nuestro yo, confesamos: “¡Señor! Ahora puedo ver que soy un hombre ciego; sin saberlo he estado completamente ciego durante veinte o treinta años; nunca me he visto como Tú me ves”.
Esta visión elimina todo lo que nos estorba. No debemos pensar que la visión es diferente a la disciplina. La palabra de Dios es eficaz; por lo tanto, una vez que Su palabra brilla sobre nosotros, nuestro hombre exterior es anulado. Su iluminación es Su juicio. Ambos eventos ocurren al mismo tiempo. Tan pronto como somos iluminados, la carne llega a su fin, ya que nada carnal sobrevive ante la luz de Dios. Cuando alguien se enfrenta a la luz, no tiene que humillarse, pues inmediatamente cae postrado ante ella. Bajo esta luz la carne se desvanece. Esto es lo que queremos decir cuando aseguramos que la Palabra es eficaz. Cuando Dios habla, no tiene que esperar a que uno actúe; la Palabra misma surte efecto en nuestras vidas en el momento en que la recibimos.

Que el Señor abra nuestros ojos para que veamos la importancia de la revelación y la disciplina del Espíritu Santo. Estas dos se combinan para juzgar al hombre exterior. El Señor nos conceda la gracia de iluminarnos con Su luz, para que así nos postremos ante El y digamos: “Oh Señor, he sido tan necio y tan ciego. Por años he confundido lo que sale de mi hombre natural, pensando que fluye de Ti. Señor, ten misericordia de mí”.

 

La liberación del espíritu, secciones:
Capitulo 1 Capitulo 2
Capitulo 3 Capitulo 4
Capitulo 5 Capitulo 6
Capitulo 7 Capitulo 8
Capitulo 9 Estudios bíblicos

 

 

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